jueves, julio 2


¿Por qué la niñera de Laura olvida tan seguido los pañales? La tonta tiene a los niños en pelotas por toda la casa, y hoy casi ensucian la alfombra del cuarto de huéspedes. ¡El disgusto que iba a llevarse su mamá! Sólo evitó el desastre porque reaccionó rápido y usó unos papeles que estaban sobre la mesita de la ventana desde siempre. Laura sí se enojó, pero la verdad es que la alfombra era infinitamente más importante que esos papeles. De hecho ni sabía de dónde habían venido. ¿Cuánto tiempo habían estado ahí? Después de que la niñera se fuera regañada, Laura tomó un par de hojas y leyó:

~  *  ~

Pensaba en cosas que me desagradan, con los ojos cerrados, forzando el sueño. Me vi como soy, un poco tonto, con el aura de los que desperdician la vida. Entonces noté un tatuaje en la parte posterior de mi cabeza, del otro lado de los ojos, que no había podido ver. El descubrimiento me dejó intranquilo. Sentí desequilibrio y pequeños ardores en la cara, nerviosamente me llevé las manos a los ojos y los manipulé. Pensé que sufría alergias, recordé que el médico me recetó píldoras para calmar estos síntomas tan molestos y busqué el frasco. Vi su contenido: no era suficiente medicina para acabar con estas reacciones, sólo había para un alivio breve. No podría detener el malestar, pero no hacía falta, un momento bastaba por ahora, no tenía que fingir salud mucho tiempo. Con un alivio breve podía conseguir lo que quería… ¿o no podía? La duda reanimó la alergia, mis manos tallaron mis ojos con fervor. Entre los destellos de luz una figura tomó forma: vi a mi madre mirándome con gesto hermoso, a punto de regalarme una palabra que se quedara en mí para siempre. Creí que era mi oportunidad de saber lo que ya había renunciado a saber, y emocionado pregunté: «Madre, ¿por qué he sido tan triste?», pero en ese momento se me rasgaron los ojos. Quité mis manos de mi cara y sentí la brisa helada recorriendo heridas finas sobre los globos oculares, pensé que si lloraba drenaría el líquido en su interior. Aterrado, cerré los párpados y me dirigí a la puerta guiándome con las manos y los pies. En el silencio profundo mi corazón estremecía mi cuerpo; al tocar el borde de la puerta se me impuso una idea morbosa: del otro lado, muy cerca de mí, alguien me esperaba sin hacer ruido, apenas conteniendo la emoción con gestos deformados. Me sentí atrapado, desesperado, aborrecí mi cobardía pero me vi incapaz de moverme, de pensar, tirado en un rincón sin escape con la cara roja y los ojos lacerados.

Abrí por fin los ojos en la oscuridad. El sueño se desvaneció pero yo no me consolé. Encendí una luz, busqué mi libreta y quise leer algo; mis ojos estaban demasiado secos, busqué mis gotas y vertí una en cada ojo. Leí:

Un campo silvestre y colorido se extiende bajo mis pies, mantos de nubes nos cubren por horas. El mundo se pierde en la distancia, todos sus caminos conducen a la neblina, a otros mundos, desde este invisibles. Tres jinetes recorren el campo (siempre habían sido dos), sus caballos dominan el lugar, las nubes iluminan su pelaje zaino. Desaparecen detrás de unos montículos floreados y dejan tras de sí el malva extendido en el cielo. De pronto una voz:
«Es una profecía».
La sensación de haber experimentado esto cuando yo era… ¿distinto? La dimensión de un abismo del que escapó un eco, luego la distancia entre el malva de las alturas y las plantas de otoño. Me detengo en un silencio, miro. El mundo es el mismo, la brisa sopla apenas, la neblina recorta los senderos. Pero hay algo diferente en él, o en mí, que estoy en él; algo naciente y turbio, como una palabra…

Detuve aquí la lectura: recordé el tatuaje que había visto en el umbral del sueño, y mientras mi cuerpo hervía de sospechas…

~  *  ~

Ahí acababa la última hoja, el resto del texto estaba perdido para siempre. Laura por fin se decidió a tirar todo a la basura.

martes, agosto 19

La cara del monstruo (0)


Se desvanece.

Aparece, flota, muere. Se retuerce (gira sin sentido).

Se cierra: otra vez muere.

Espera un momento, se desespera. Se abre hacia dentro, le duele. Se lamenta profundamente. Se deshila poco a poco, se desteje.

Se deja llevar hacia ningún lado. Tiembla un poco, intenta moverse. Siente: la oscuridad atraviesa, secciona la superficie, la hunde. Realiza un cruel sometimiento, ensordece. Traga todo lo que podría haber, se traga a sí misma. Desaparece.

¿Dónde caen los derrotados? En el vacío, en la más indiscernible liviandad, en una esquina sin muros. (El mundo se oscurece ante nuestros ojos.) ¡Cuánto quisiera atraparlo todo en una serie definitiva de sutiles destrucciones! ¡Cómo desearía minar, de las ciegas profundidades, las gemas más transparentes! Sin embargo, si pudiera encontrar la Palabra en el Silencio saturado, sería entonces cómplice de la muerte. Deberían cantarse así las victorias del vicio, promulgarse las plegarias de una gran Epifanía desde siempre perdida, y en una hora imposible pronunciaríamos el advenimiento matinal: Oh nula desgracia, oh danza elevada / Oh claro sueño que nadie ha contado. No, ese no será nuestro futuro.

¿Dónde, pues, se sedimenta el furor pulverizado?

Retrocede: sabe que el dolor será lo de menos cuando el sufrimiento se extienda. Reconoce que el nombre de la vida no se pronuncia sin escupir un poco de sangre. Agoniza una vez, como si fuera un animal herido, tiende su único deseo. Agoniza dos veces, como si fuera un moribundo, entiende su impotencia. Se cae.

Es más o menos como carroña, se descompone y se corrompe. Se consuela y también se resigna (son la misma cosa). Se suelta a las más azarosas voluntades: unas veces no quiere nada, otras veces quiere la Nada. Se ve queriendo, y se entretiene con su propia visión. Es fiel a la ruina de la fidelidad. Se arruina, y a veces le gusta.

Aún así, el deseo aparece entrecruzado. Es la idea de que puede haber algo más que las densidades oscuras, a pesar de lo imposible. Es el pequeño recuerdo diagonal de una voluntad negada que atraviesa cada vez que da un giro sin sentido, cada vez que desdobla un tenebroso pedazo de nada (para no encontrar, sin sorpresa, nada), y que tiene que ser olvidado apenas asoma. Desde este momento y hasta los más improbables futuros, habrá de vivir (escupiendo sangre) con una pregunta que, mientras más menosprecie, más secretamente preciosa será:

¿Por qué tiene que existir algo más, si no existe?

Nada nunca le permitirá abandonarse por completo a las innumerables vacuidades, pues aquello que no existe, insiste. Rechaza la miseria: explora violentamente los lóbregos derroteros, mezcla los caminos y bifurca los senderos, acumula heridas. Luego la tolera: triunfan humillantemente los efímeros disfraces de nada, se quiebran los trayectos de las intenciones. Se hunde (flota hacia abajo). Después se sacude, rechaza de nuevo la miseria. Así oscila. Del miedo a las grandes furias a los dolores de las derrotas inevitables, de las glorias en las cúspides evanescentes al ardor de las llagas requemadas. Se precipita en espirales cuyo centro reniega, porque no existe.

Se odia.

Se regresa: expulsa todas las cifras de todos los conceptos, se revierte. Prepara las coordenadas de la restitución. Se contrae y se desnumera. Lentamente se imposibilita: se desduele, se conmueve, se revuelve. Enmienda las insensatas ataduras inconscientes. Descifra las aisladas cifras atómicas infrecuentes. Eleva los fondos, derriba los vuelos recorridos. Revuela en los filos opuestos. Opone las líneas derribadas. ¡Desdibuja el suspiro tenue que no había exhalado! ¡Destempla el ciclo que se desplegaba sin curvaturas! ¡Cada pequeña locura contenida en las nulas extensiones desbordadas para siempre!

Así muere una muerte especial: se desdice.

Se detiene un momento, mira el abismo. El abismo le devuelve la mirada.

Se ve renacer.

lunes, septiembre 16


Atraviesan el cielo enormes nubes iluminadas, se mezclan con los vientos rápidos. En el azul profundo la media luna se eleva sobre mi cabeza. El mundo me mira.

* * *

Una fiebre me corona la cabeza de sudor frío, oigo estruendos muy cerca de mí. De pronto entiendo que esta sensación es un malestar específico y sobre esto aparecen otros pensamientos: estoy despierto otra vez; debe haber otra tormenta esta noche; ¿algo sobre la sangre? Cuesta respirar, el aire está muy frío (es el infierno afuera: me encanta enfermar y estar en cama); pienso que a esta altura el aire tan ligero y tan agitado por la tormenta apenas se respira, casi no existe, si fuera más frío o liviano sería tóxico. Algo en mí despierta con esta última palabra y me doy cuenta de que el aire tiene un sabor metálico, como una corriente de hierro, como un flujo de sangre entrando en mis pulmones. Una frase en inglés, venida del recuerdo, me explica estos pensamientos: «my heart is pumping polluted blood». No es agradable, pero la forma en que se me anticipa, la manera en que las ideas confusas de la fiebre la señalan, el lugar que me ofrece y desde donde me cobija (como mi cama) para pensar, todo esto me parece bello. Es innegable.

Ya estoy bien despierto, no volveré a dormir; tengo muchísima sed, sin darme cuenta me inclino sobre el borde de la cama, alcanzo el vaso de agua y mientras lo llevo a mi boca se me ocurre que puedo perder el equilibrio en cualquier momento y caer al suelo y estrellarlo junto a mi cara. Por alguna razón creo que esta idea es un hecho consumado y me preparo para el golpe, luego entiendo de qué se trata: beber, perder el equilibrio, la sangre tóxica, las alturas livianas y los estruendos… la embriaguez flota sobre mí como una nube, como la columna de humo del volcán. Ahora recuerdo que rompí todos los vasos que tenía, torpeza de borracho, y que conservo unas copas que nunca devolví a su dueño. Finalmente surge el recuerdo al que toda esta tormenta se dirige. Con él termino estos párrafos, que quedan a la espera de que otros textos tal vez, en el futuro, iluminen sus palabras con otras luces.

Se trata de un sueño: él y yo jugamos con una muñeca que luce muy sin vida al volar de mis brazos a los suyos. De pronto un vaso pequeño, creo que vacío, en cuyo borde distingo el labial de una mujer, cae al suelo (¿de mis manos?) y se destroza con un estruendo. Yo entiendo, al verlo, que es un beso. Despierto fuera de mí.

lunes, mayo 6

Un fragmento evanescente

La Ilíada, XXIII, 59110:

Aquiles se dirigió a la playa seguido de los mirmidones, se tumbó sobre la rubia arena, muy cerca del mar, y se entregó de nuevo a su dolor; sin embargo, pronto lo venció el sueño, fatigado como estaba del pesar y por haber estado combatiendo todo el día. El sueño se derramó dulcemente en torno suyo. Pero, apenas dormido, el alma de Patroclo, semejante por completo a Patroclo cuando aún vivía, se le apareció: tenía su misma estatura, sus mismos ojos, su misma voz, su misma manera de andar y hasta las vestiduras que llevaba el día del combate. Se puso a la cabecera del hijo de Peleo y le dijo estas palabras:

—¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? ¿Por qué, muerto, me abandonas, habiéndote cuidado tanto de mí cuando vivía? Entiérrame sin tardanza, para que pueda atravesar enseguida las puertas del Hades, porque ahora las sombras de los muertos me rechazan y no quieren que me una a ellas, forzándome con su hostilidad a vagar alrededor del espacioso palacio de Hades. Dame, pues, la mano, te lo pido llorando, para que te dé el postrero adiós; porque cuando me erijáis la pira y consuman mi cuerpo las llamas, no volveré más del Hades. Adiós, querido Aquiles, adiós; ya no podremos gozar nunca del inefable placer de confiarnos nuestros más ocultos pensamientos lejos de nuestros compañeros, como hacíamos cuando yo gozaba de la existencia, ya que el cruel destino que me ungió el día de mi nacimiento me ha arrebatado. Pero tu vida, Aquiles, no será tampoco larga ni dichosa: como yo, sucumbirás al pie de las murallas de Ilión. Te pediré otra cosa, por si quieres concedérmela: manda el día de tu muerte que reposen tus huesos junto a los míos, porque juntos nos criamos en tu palacio, desde que mi padre me llevó desde Opunte a tu lado, por culpa del nefando homicidio que cometí cuando me encolericé jugando a las tabas y maté sin quererlo al hijo de Anfidamante. El ilustre Peleo me albergó en su mansión, me crió con todo esmero y me nombró tu escudero; ya que, como te digo, no nos hemos separado en vida, que así también guarde nuestros huesos la urna de oro que te regaló tu madre.


Aquiles le contestó sin despertarse:
 

—Querido Patroclo, ¿por qué vienes a encargarme estos menesteres? ¿Tienes alguna duda de que te obedeceré, haciéndolo todo como tú me lo mandas? Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, a fin de que gocemos el placer de llorar juntos.
 

Diciendo estas palabras, le tendió sus brazos, sin lograr asirlo: el alma se desvaneció como si fuera humo y penetró en la tierra lanzando agudos suspiros. Aquiles se levantó entonces conturbado, y, dándose una palmada, dijo con lúgubre voz:
 

—¡Oh dioses! ¿Es verdad que las almas persisten, después de muertas, en los infiernos? Ha estado cerca de mí la de Patroclo toda la noche, semejante por entero a él cuando vivía, derramando lágrimas y lanzando suspiros, para mandarme lo que tengo que hacer.
 

Pronunció estas palabras acompañadas de copiosas lágrimas y de suspiros tan hondos que suscitó en todos los que lo veían muy vivos deseos de llorar. Y aún se hallaban junto al cadáver gimiendo dolorosamente cuando la Aurora, de rosados dedos, se desplegó con dulzura.

domingo, abril 21

Seis veces

  1. Mientras escribo estas líneas, que por muchas y a veces desconocidas razones me llegan lentamente y con esfuerzo, noto la ausencia de un miedo que hace tiempo, en estas mismas condiciones, me hubiera invadido por unos momentos. Ya no temo que alguien toque a mi puerta, ni oír en la distancia una voz gritando mi nombre. Me pregunto qué pasaría conmigo si intentara narrar aún más recuerdos.

  2. Tengo ocho años y varios amigos, jugamos en el patio de la escuela. Persigo a uno de ellos y acelero para alcanzarlo. De pronto tropiezo, pierdo el equilibrio y caigo al suelo tan rápido que no llego a usar mis manos para protegerme. Mi cara golpea el cemento y aun se arrastra sobre él un tramo hasta que la detiene. Por un reflejo me incorporo como puedo y noto que todos los niños alrededor me miran sorprendidos, detenidos, y nadie se atreve a acercarse ni a decirme algo; nadie hace nada. Sé que estoy herido, que necesito atención, y al mismo tiempo evito pensar en mi estado para que no me domine el pavor. Después pensaría que esta fue una de mis pocas manifestaciones auténticas de valentía. Doy entonces un paso, luego otro, ignoro las náuseas que después me harán vomitar, combato el desvanecimiento que pronto me quitará la conciencia. Mis amigos me miran asustados, sin saber qué hacer; nadie se acerca. Por fin llego a la sala de profesores, que a pesar de ser adultos muestran las mismas caras que los niños, pero esta vez me dejo ir, comienzo a vomitar y me desmayo. Unos días después vuelvo a la escuela y me incorporo a la fila que los niños hacen a la hora de entrada en la mañana. La vergüenza me hace tapar la mitad de mi cara con la mano. Mi profesora me ve preocupada, se acerca y me obliga a descubrirme la cara sin decirme nada. Siento el aire helado corriendo en mis heridas.

  3. Tengo veintidós años, creo que ya no soy nada de lo que he sido en mi pasado. Visto por un lado, ya no sé quién soy; visto por otro, soy alguien nuevo. Esta noche gozo de una dicha que no tiene comparación: no sólo amo a alguien, duermo también en sus brazos, y mientras extraigo todas las mieles que puedo de este frágil refugio evito pensar en el futuro, que de cualquier forma nunca me ha preocupado. Después pensaré que esa fue una de mis peores manifestaciones de cobardía. Pero esta noche, vencido por el sueño y por el amor —¿cuál es la diferencia?—, desciendo a un pequeño paraíso y confío, lo confieso, en que este instante tendrá algo que aportar a la eternidad. Me siento amado.

  4. Tengo trece años y acabo de recibir una golpiza. Estoy muy agitado; a pesar de las marcas en mi cuerpo aún no me duele nada. Mi padre habla conmigo, me dice que habrá otras así o peores, que de eso se trata y que debo aprender a enfrentarlas, a vivirlas, a defenderme. Me da la impresión de que está decepcionado de mí. Odio a quienes me han hecho daño, desprecio su cercanía; los detesto con la mayor pasión de que soy capaz, deseo que mueran, deseo matarlos.

  5. No tengo edad. Me veo sentado en la playa, muy cerca del mar; el día se extiende sobre mí, el sol envuelve mi piel y me eleva en la brisa. Alguien pregunta la fecha, yo digo «once de abril». Es un error en más de un sentido: en realidad es verano, las fechas no coinciden, esa fecha corresponde a otro recuerdo que ni siquiera está evocado aquí, y así otras objeciones. Yo estoy feliz con mi error; me place poder decidir el tiempo de esta forma. Me dedico a contemplar el mar y no deseo hacer nada más.

  6. Tengo siete años, es la primera vez que visito otro país. Mi familia ha planeado un día en el bosque y por la tarde se forma una expedición. Nos hacemos camino entre árboles semisecos; ya en el regreso perdemos el rumbo y vagamos un poco esperando reorientarnos. Las hojas secas que cubren el suelo crujen bajo nuestros pies, la media luna se eleva sobre el cielo azul, el sol desciende. Yo disfruto mucho el lugar. Entre los árboles naranjas me doy cuenta, por primera vez en mi vida, de que no me importa perderme.