martes, agosto 19

La cara del monstruo (0)


Se desvanece.

Aparece, flota, muere. Se retuerce (gira sin sentido).

Se cierra: otra vez muere.

Espera un momento, se desespera. Se abre hacia dentro, le duele. Se lamenta profundamente. Se deshila poco a poco, se desteje.

Se deja llevar hacia ningún lado. Tiembla un poco, intenta moverse. Siente: la oscuridad atraviesa, secciona la superficie, la hunde. Realiza un cruel sometimiento, ensordece. Traga todo lo que podría haber, se traga a sí misma. Desaparece.

¿Dónde caen los derrotados? En el vacío, en la más indiscernible liviandad, en una esquina sin muros. (El mundo se oscurece ante nuestros ojos.) ¡Cuánto quisiera atraparlo todo en una serie definitiva de sutiles destrucciones! ¡Cómo desearía minar, de las ciegas profundidades, las gemas más transparentes! Sin embargo, si pudiera encontrar la Palabra en el Silencio saturado, sería entonces cómplice de la muerte. Deberían cantarse así las victorias del vicio, promulgarse las plegarias de una gran Epifanía desde siempre perdida, y en una hora imposible pronunciaríamos el advenimiento matinal: Oh nula desgracia, oh danza elevada / Oh claro sueño que nadie ha contado. No, ese no será nuestro futuro.

¿Dónde, pues, se sedimenta el furor pulverizado?

Retrocede: sabe que el dolor será lo de menos cuando el sufrimiento se extienda. Reconoce que el nombre de la vida no se pronuncia sin escupir un poco de sangre. Agoniza una vez, como si fuera un animal herido, tiende su único deseo. Agoniza dos veces, como si fuera un moribundo, entiende su impotencia. Se cae.

Es más o menos como carroña, se descompone y se corrompe. Se consuela y también se resigna (son la misma cosa). Se suelta a las más azarosas voluntades: unas veces no quiere nada, otras veces quiere la Nada. Se ve queriendo, y se entretiene con su propia visión. Es fiel a la ruina de la fidelidad. Se arruina, y a veces le gusta.

Aún así, el deseo aparece entrecruzado. Es la idea de que puede haber algo más que las densidades oscuras, a pesar de lo imposible. Es el pequeño recuerdo diagonal de una voluntad negada que atraviesa cada vez que da un giro sin sentido, cada vez que desdobla un tenebroso pedazo de nada (para no encontrar, sin sorpresa, nada), y que tiene que ser olvidado apenas asoma. Desde este momento y hasta los más improbables futuros, habrá de vivir (escupiendo sangre) con una pregunta que, mientras más menosprecie, más secretamente preciosa será:

¿Por qué tiene que existir algo más, si no existe?

Nada nunca le permitirá abandonarse por completo a las innumerables vacuidades, pues aquello que no existe, insiste. Rechaza la miseria: explora violentamente los lóbregos derroteros, mezcla los caminos y bifurca los senderos, acumula heridas. Luego la tolera: triunfan humillantemente los efímeros disfraces de nada, se quiebran los trayectos de las intenciones. Se hunde (flota hacia abajo). Después se sacude, rechaza de nuevo la miseria. Así oscila. Del miedo a las grandes furias a los dolores de las derrotas inevitables, de las glorias en las cúspides evanescentes al ardor de las llagas requemadas. Se precipita en espirales cuyo centro reniega, porque no existe.

Se odia.

Se regresa: expulsa todas las cifras de todos los conceptos, se revierte. Prepara las coordenadas de la restitución. Se contrae y se desnumera. Lentamente se imposibilita: se desduele, se conmueve, se revuelve. Enmienda las insensatas ataduras inconscientes. Descifra las aisladas cifras atómicas infrecuentes. Eleva los fondos, derriba los vuelos recorridos. Revuela en los filos opuestos. Opone las líneas derribadas. ¡Desdibuja el suspiro tenue que no había exhalado! ¡Destempla el ciclo que se desplegaba sin curvaturas! ¡Cada pequeña locura contenida en las nulas extensiones desbordadas para siempre!

Así muere una muerte especial: se desdice.

Se detiene un momento, mira el abismo. El abismo le devuelve la mirada.

Se ve renacer.

1 comentario:

Yayo Salva dijo...

La inmovilidad del movimiento, la sutura que abre, la palabra ocluida en sí misma...
"E pur si muove"!