domingo, abril 21

Seis veces

  1. Mientras escribo estas líneas, que por muchas y a veces desconocidas razones me llegan lentamente y con esfuerzo, noto la ausencia de un miedo que hace tiempo, en estas mismas condiciones, me hubiera invadido por unos momentos. Ya no temo que alguien toque a mi puerta, ni oír en la distancia una voz gritando mi nombre. Me pregunto qué pasaría conmigo si intentara narrar aún más recuerdos.

  2. Tengo ocho años y varios amigos, jugamos en el patio de la escuela. Persigo a uno de ellos y acelero para alcanzarlo. De pronto tropiezo, pierdo el equilibrio y caigo al suelo tan rápido que no llego a usar mis manos para protegerme. Mi cara golpea el cemento y aun se arrastra sobre él un tramo hasta que la detiene. Por un reflejo me incorporo como puedo y noto que todos los niños alrededor me miran sorprendidos, detenidos, y nadie se atreve a acercarse ni a decirme algo; nadie hace nada. Sé que estoy herido, que necesito atención, y al mismo tiempo evito pensar en mi estado para que no me domine el pavor. Después pensaría que esta fue una de mis pocas manifestaciones auténticas de valentía. Doy entonces un paso, luego otro, ignoro las náuseas que después me harán vomitar, combato el desvanecimiento que pronto me quitará la conciencia. Mis amigos me miran asustados, sin saber qué hacer; nadie se acerca. Por fin llego a la sala de profesores, que a pesar de ser adultos muestran las mismas caras que los niños, pero esta vez me dejo ir, comienzo a vomitar y me desmayo. Unos días después vuelvo a la escuela y me incorporo a la fila que los niños hacen a la hora de entrada en la mañana. La vergüenza me hace tapar la mitad de mi cara con la mano. Mi profesora me ve preocupada, se acerca y me obliga a descubrirme la cara sin decirme nada. Siento el aire helado corriendo en mis heridas.

  3. Tengo veintidós años, creo que ya no soy nada de lo que he sido en mi pasado. Visto por un lado, ya no sé quién soy; visto por otro, soy alguien nuevo. Esta noche gozo de una dicha que no tiene comparación: no sólo amo a alguien, duermo también en sus brazos, y mientras extraigo todas las mieles que puedo de este frágil refugio evito pensar en el futuro, que de cualquier forma nunca me ha preocupado. Después pensaré que esa fue una de mis peores manifestaciones de cobardía. Pero esta noche, vencido por el sueño y por el amor —¿cuál es la diferencia?—, desciendo a un pequeño paraíso y confío, lo confieso, en que este instante tendrá algo que aportar a la eternidad. Me siento amado.

  4. Tengo trece años y acabo de recibir una golpiza. Estoy muy agitado; a pesar de las marcas en mi cuerpo aún no me duele nada. Mi padre habla conmigo, me dice que habrá otras así o peores, que de eso se trata y que debo aprender a enfrentarlas, a vivirlas, a defenderme. Me da la impresión de que está decepcionado de mí. Odio a quienes me han hecho daño, desprecio su cercanía; los detesto con la mayor pasión de que soy capaz, deseo que mueran, deseo matarlos.

  5. No tengo edad. Me veo sentado en la playa, muy cerca del mar; el día se extiende sobre mí, el sol envuelve mi piel y me eleva en la brisa. Alguien pregunta la fecha, yo digo «once de abril». Es un error en más de un sentido: en realidad es verano, las fechas no coinciden, esa fecha corresponde a otro recuerdo que ni siquiera está evocado aquí, y así otras objeciones. Yo estoy feliz con mi error; me place poder decidir el tiempo de esta forma. Me dedico a contemplar el mar y no deseo hacer nada más.

  6. Tengo siete años, es la primera vez que visito otro país. Mi familia ha planeado un día en el bosque y por la tarde se forma una expedición. Nos hacemos camino entre árboles semisecos; ya en el regreso perdemos el rumbo y vagamos un poco esperando reorientarnos. Las hojas secas que cubren el suelo crujen bajo nuestros pies, la media luna se eleva sobre el cielo azul, el sol desciende. Yo disfruto mucho el lugar. Entre los árboles naranjas me doy cuenta, por primera vez en mi vida, de que no me importa perderme.

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