lunes, septiembre 16


Atraviesan el cielo enormes nubes iluminadas, se mezclan con los vientos rápidos. En el azul profundo la media luna se eleva sobre mi cabeza. El mundo me mira.

* * *

Una fiebre me corona la cabeza de sudor frío, oigo estruendos muy cerca de mí. De pronto entiendo que esta sensación es un malestar específico y sobre esto aparecen otros pensamientos: estoy despierto otra vez; debe haber otra tormenta esta noche; ¿algo sobre la sangre? Cuesta respirar, el aire está muy frío (es el infierno afuera: me encanta enfermar y estar en cama); pienso que a esta altura el aire tan ligero y tan agitado por la tormenta apenas se respira, casi no existe, si fuera más frío o liviano sería tóxico. Algo en mí despierta con esta última palabra y me doy cuenta de que el aire tiene un sabor metálico, como una corriente de hierro, como un flujo de sangre entrando en mis pulmones. Una frase en inglés, venida del recuerdo, me explica estos pensamientos: «my heart is pumping polluted blood». No es agradable, pero la forma en que se me anticipa, la manera en que las ideas confusas de la fiebre la señalan, el lugar que me ofrece y desde donde me cobija (como mi cama) para pensar, todo esto me parece bello. Es innegable.

Ya estoy bien despierto, no volveré a dormir; tengo muchísima sed, sin darme cuenta me inclino sobre el borde de la cama, alcanzo el vaso de agua y mientras lo llevo a mi boca se me ocurre que puedo perder el equilibrio en cualquier momento y caer al suelo y estrellarlo junto a mi cara. Por alguna razón creo que esta idea es un hecho consumado y me preparo para el golpe, luego entiendo de qué se trata: beber, perder el equilibrio, la sangre tóxica, las alturas livianas y los estruendos… la embriaguez flota sobre mí como una nube, como la columna de humo del volcán. Ahora recuerdo que rompí todos los vasos que tenía, torpeza de borracho, y que conservo unas copas que nunca devolví a su dueño. Finalmente surge el recuerdo al que toda esta tormenta se dirige. Con él termino estos párrafos, que quedan a la espera de que otros textos tal vez, en el futuro, iluminen sus palabras con otras luces.

Se trata de un sueño: él y yo jugamos con una muñeca que luce muy sin vida al volar de mis brazos a los suyos. De pronto un vaso pequeño, creo que vacío, en cuyo borde distingo el labial de una mujer, cae al suelo (¿de mis manos?) y se destroza con un estruendo. Yo entiendo, al verlo, que es un beso. Despierto fuera de mí.

lunes, mayo 6

Un fragmento evanescente

La Ilíada, XXIII, 59110:

Aquiles se dirigió a la playa seguido de los mirmidones, se tumbó sobre la rubia arena, muy cerca del mar, y se entregó de nuevo a su dolor; sin embargo, pronto lo venció el sueño, fatigado como estaba del pesar y por haber estado combatiendo todo el día. El sueño se derramó dulcemente en torno suyo. Pero, apenas dormido, el alma de Patroclo, semejante por completo a Patroclo cuando aún vivía, se le apareció: tenía su misma estatura, sus mismos ojos, su misma voz, su misma manera de andar y hasta las vestiduras que llevaba el día del combate. Se puso a la cabecera del hijo de Peleo y le dijo estas palabras:

—¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? ¿Por qué, muerto, me abandonas, habiéndote cuidado tanto de mí cuando vivía? Entiérrame sin tardanza, para que pueda atravesar enseguida las puertas del Hades, porque ahora las sombras de los muertos me rechazan y no quieren que me una a ellas, forzándome con su hostilidad a vagar alrededor del espacioso palacio de Hades. Dame, pues, la mano, te lo pido llorando, para que te dé el postrero adiós; porque cuando me erijáis la pira y consuman mi cuerpo las llamas, no volveré más del Hades. Adiós, querido Aquiles, adiós; ya no podremos gozar nunca del inefable placer de confiarnos nuestros más ocultos pensamientos lejos de nuestros compañeros, como hacíamos cuando yo gozaba de la existencia, ya que el cruel destino que me ungió el día de mi nacimiento me ha arrebatado. Pero tu vida, Aquiles, no será tampoco larga ni dichosa: como yo, sucumbirás al pie de las murallas de Ilión. Te pediré otra cosa, por si quieres concedérmela: manda el día de tu muerte que reposen tus huesos junto a los míos, porque juntos nos criamos en tu palacio, desde que mi padre me llevó desde Opunte a tu lado, por culpa del nefando homicidio que cometí cuando me encolericé jugando a las tabas y maté sin quererlo al hijo de Anfidamante. El ilustre Peleo me albergó en su mansión, me crió con todo esmero y me nombró tu escudero; ya que, como te digo, no nos hemos separado en vida, que así también guarde nuestros huesos la urna de oro que te regaló tu madre.


Aquiles le contestó sin despertarse:
 

—Querido Patroclo, ¿por qué vienes a encargarme estos menesteres? ¿Tienes alguna duda de que te obedeceré, haciéndolo todo como tú me lo mandas? Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, a fin de que gocemos el placer de llorar juntos.
 

Diciendo estas palabras, le tendió sus brazos, sin lograr asirlo: el alma se desvaneció como si fuera humo y penetró en la tierra lanzando agudos suspiros. Aquiles se levantó entonces conturbado, y, dándose una palmada, dijo con lúgubre voz:
 

—¡Oh dioses! ¿Es verdad que las almas persisten, después de muertas, en los infiernos? Ha estado cerca de mí la de Patroclo toda la noche, semejante por entero a él cuando vivía, derramando lágrimas y lanzando suspiros, para mandarme lo que tengo que hacer.
 

Pronunció estas palabras acompañadas de copiosas lágrimas y de suspiros tan hondos que suscitó en todos los que lo veían muy vivos deseos de llorar. Y aún se hallaban junto al cadáver gimiendo dolorosamente cuando la Aurora, de rosados dedos, se desplegó con dulzura.

domingo, abril 21

Seis veces

  1. Mientras escribo estas líneas, que por muchas y a veces desconocidas razones me llegan lentamente y con esfuerzo, noto la ausencia de un miedo que hace tiempo, en estas mismas condiciones, me hubiera invadido por unos momentos. Ya no temo que alguien toque a mi puerta, ni oír en la distancia una voz gritando mi nombre. Me pregunto qué pasaría conmigo si intentara narrar aún más recuerdos.

  2. Tengo ocho años y varios amigos, jugamos en el patio de la escuela. Persigo a uno de ellos y acelero para alcanzarlo. De pronto tropiezo, pierdo el equilibrio y caigo al suelo tan rápido que no llego a usar mis manos para protegerme. Mi cara golpea el cemento y aun se arrastra sobre él un tramo hasta que la detiene. Por un reflejo me incorporo como puedo y noto que todos los niños alrededor me miran sorprendidos, detenidos, y nadie se atreve a acercarse ni a decirme algo; nadie hace nada. Sé que estoy herido, que necesito atención, y al mismo tiempo evito pensar en mi estado para que no me domine el pavor. Después pensaría que esta fue una de mis pocas manifestaciones auténticas de valentía. Doy entonces un paso, luego otro, ignoro las náuseas que después me harán vomitar, combato el desvanecimiento que pronto me quitará la conciencia. Mis amigos me miran asustados, sin saber qué hacer; nadie se acerca. Por fin llego a la sala de profesores, que a pesar de ser adultos muestran las mismas caras que los niños, pero esta vez me dejo ir, comienzo a vomitar y me desmayo. Unos días después vuelvo a la escuela y me incorporo a la fila que los niños hacen a la hora de entrada en la mañana. La vergüenza me hace tapar la mitad de mi cara con la mano. Mi profesora me ve preocupada, se acerca y me obliga a descubrirme la cara sin decirme nada. Siento el aire helado corriendo en mis heridas.

  3. Tengo veintidós años, creo que ya no soy nada de lo que he sido en mi pasado. Visto por un lado, ya no sé quién soy; visto por otro, soy alguien nuevo. Esta noche gozo de una dicha que no tiene comparación: no sólo amo a alguien, duermo también en sus brazos, y mientras extraigo todas las mieles que puedo de este frágil refugio evito pensar en el futuro, que de cualquier forma nunca me ha preocupado. Después pensaré que esa fue una de mis peores manifestaciones de cobardía. Pero esta noche, vencido por el sueño y por el amor —¿cuál es la diferencia?—, desciendo a un pequeño paraíso y confío, lo confieso, en que este instante tendrá algo que aportar a la eternidad. Me siento amado.

  4. Tengo trece años y acabo de recibir una golpiza. Estoy muy agitado; a pesar de las marcas en mi cuerpo aún no me duele nada. Mi padre habla conmigo, me dice que habrá otras así o peores, que de eso se trata y que debo aprender a enfrentarlas, a vivirlas, a defenderme. Me da la impresión de que está decepcionado de mí. Odio a quienes me han hecho daño, desprecio su cercanía; los detesto con la mayor pasión de que soy capaz, deseo que mueran, deseo matarlos.

  5. No tengo edad. Me veo sentado en la playa, muy cerca del mar; el día se extiende sobre mí, el sol envuelve mi piel y me eleva en la brisa. Alguien pregunta la fecha, yo digo «once de abril». Es un error en más de un sentido: en realidad es verano, las fechas no coinciden, esa fecha corresponde a otro recuerdo que ni siquiera está evocado aquí, y así otras objeciones. Yo estoy feliz con mi error; me place poder decidir el tiempo de esta forma. Me dedico a contemplar el mar y no deseo hacer nada más.

  6. Tengo siete años, es la primera vez que visito otro país. Mi familia ha planeado un día en el bosque y por la tarde se forma una expedición. Nos hacemos camino entre árboles semisecos; ya en el regreso perdemos el rumbo y vagamos un poco esperando reorientarnos. Las hojas secas que cubren el suelo crujen bajo nuestros pies, la media luna se eleva sobre el cielo azul, el sol desciende. Yo disfruto mucho el lugar. Entre los árboles naranjas me doy cuenta, por primera vez en mi vida, de que no me importa perderme.

domingo, abril 14

Recuerdo versos

No puedo regresar.
Digo que ya no puedo regresar.


No supe cuándo desperté. No importa. El día siempre está ahí, brillante y claro, pero ya no me dice nada, ya no promete ni significa nada. No es grave. Restos de sueños se escapan de mi alcance; los trato con indiferencia. No debería, no ahora que por fin sirven para algo y yo me prometí recoger todos los que pueda. Pero ¿quién va a escuchar lo que tienen que decir? Son ingratos, necios, obstinados; se burlan de mí. Frutos improbables, hasta ahora sólo he cosechado los venenosos, y pienso que quizá no existen otros distintos. Recuerdo versos de Sabines:
Buenos días, memoria terca,
buenos días, sangre seca,
buenos días, hueso acostado,
buenos días, aire sin mano.
Es primavera: no oigo ningún ave cantar, aunque no sé si así ha sido siempre. Me estiro para abrir la ventana; en el marco hay una araña muerta, su cuerpo aún es suave, muevo sus patas con los dedos. Sé que los animales están volviendo a la vida cuando descubro algunos muertos a mi paso. Recuerdo un caracol que ascendió un enorme edificio para ir a morir a mi puerta… ¿hace cuántos años? No importa; todavía conservo su concha porque, a pesar de ser indiferente al tiempo —pues es parte de mi pésima idea de invulnerabilidad—, a veces atesoro algún instante para no perderme por completo. Vuelvo luego a su escondite, cuando nadie me mira —pero nadie nunca lo hace—, y me repito: «esto soy yo, aquí resguardado, y no aquello que he perdido para siempre». No hace falta decir que nunca acabo de creerme. Recuerdo ahora versos de Pacheco:
Ya me encontré a mí mismo
en una esquina del tiempo.
No quise dirigirme la palabra,
en venganza
por todo lo que me he hecho con saña.
Y me seguí de largo
y me dejé hablando solo
—con gran resentimiento
por supuesto—.
No he comido en casi un día pero no tengo hambre. Creo que este es un cambio reciente en mí, dejar de sentir hambre. «Es necesario que me ponga a ayunar». Pienso que estoy abandonando mi libreta, que debería escribir al menos estos tontos pensamientos, aunque nunca los lea de nuevo. No lo hago: dejo la libreta donde está; sin embargo por estas líneas se lee que, después, sí lo hice. Luego un recordatorio vago de algo que iba a escribir, algo sobre insectos y algo sobre estrellas. Y también: Orión tal vez ya no es visible en el cielo. Y bueno, así pasa. La constelación es incorruptible, está siempre ahí, pero el mundo no lo es, y la descubre y la oculta sin pensarlo mucho, según su capricho. ¿Qué estoy diciendo? Comienzo a darme cuenta de que no me doy cuenta de lo que digo.

Me toma demasiado tiempo levantarme. La verdad es que no quiero este día, no me importa lo que ocurra en él; que vuelva al lugar de donde vino. De nada me sirven mi rutina y mis pequeños escapes de ella. La vida está en otra parte, en estas palabras se resume toda mi esperanza; de esto no me permito dudar, acaso temo descubrir que no sea cierto. Sí hay vida, debe haberla, y con esta idea me levanto, de modo que pueda confirmar, una vez más, que la vida aquí no está. Por esta disposición tan mala de empezar el día doy una oportunidad perfecta a una vieja manía, que no deja de aprovecharla para verterme su idea, igual de vieja: esa otra parte donde está la vida es el pasado, en el que fui dichoso, aunque sólo ahora puedo reconocerlo, y apenas me queda recordarlo, tal vez exprimir gotas de dicha de la memoria. En esta idea vieja reconozco las burlas de mis sueños; quisiera anularla, acabar con ella, pero cobra sus fuerzas de fuentes secretas, de modo que elude mis intenciones. Como un conjuro contra la nostalgia recuerdo otros versos de Pacheco.
Aunque renazca el sol
los días no vuelven.
Dura verdad. Ahuyenta mi vieja manía y vuelvo al presente. Me deja sin embargo esa palabra, renacer, dando ecos en mi interior… ¿por qué? Si me permitiera un poco de superstición diría que aún tiene algo que decir, que guarda ahora para el futuro. ¿Pensaré eso? Yo nunca he renacido; me he transformado, casi siempre sin controlarlo, y así he extraviado todas las etapas de mi vida pasada. Es un pensamiento amargo, pero no dejo de constatar lo lejanas que son unas de otras, lo brumosas que se han vuelto por reclamarlas el olvido. Fragmentos sueltos, así es como me perdí a mí mismo. ¿Es esta en verdad la experiencia de la vida: deshacerme, con el tiempo, en pedazos e ir dejándome atrás? Finalmente, vuelven versos de Neruda.
Dónde está el niño que yo fui,
sigue adentro de mí o se fue?

Sabe que no lo quise nunca
y que tampoco me quería?

Por qué anduvimos tanto tiempo
creciendo para separarnos?

Por qué no morimos los dos
cuando mi infancia se murió?

Y si el alma se me cayó
por qué me sigue el esqueleto?
Me sacudo todos estos pensamientos, me cambio de ropa y me alisto para salir. Horas después miro, desde mi ventana, la puesta del sol, que ya desciende entre los dos volcanes. El día que así termina comienza a indefinirse, se confunde con otros días, se vuelve indistinto. El olvido, siempre voraz, lo reclama. Alimento a la bestia sin reparo, su hambre es también la mía. Ya en la oscuridad busco mi libreta, y casi contra mi voluntad escribo lo poco que queda de este día. Me guían los versos, cuya fuerza consiste en nunca ceder al olvido; se inscriben en mí como huellas sin sentido, imposible perseguirlas hasta su origen. En ellos confirmo, a mi pesar, cuán incierta es la materia de la que estoy hecho, y veo otra vez el misterio que he llegado a ser. ¿Qué más me queda sino volver a ellos y admitir, con el corazón triste, que ya no me reconozco? ¡Todo lo que he perdido, ahora lo entiendo, es mío!