La verdad os trastornará
viernes, marzo 13
Desde chico me interesan los lenguajes. Solía inventar alfabetos para escribir el español o una lengua falsa. Como en mi casa se hicieron unas remodelaciones, estuve escarbando en muebles y armarios para tirar cachivaches y guardar lo que aún sirve. Encontré libretas donde hace tiempo escribí cualquier cosa. Los textos de varias páginas están escritos en esos alfabetos inventados, algunos descaradamente artificiales, otros mejor logrados (uno es parecido a este). La broma, claro, es que no tengo idea de qué dicen, si es que algo dicen (¿deben, por lo menos, querer decir que no dicen nada?). Este es el caso del sujeto que se encuentra a sí mismo codificado y no se comprende. El problema al principio parece estar en el tiempo: el “yo anterior” sabe cosas que el “yo actual” desconoce, sin dejar de ser ambos la misma persona. Entonces el hecho de que no comprenda los jeroglíficos quiere decir que he perdido una parte de mí mismo en un cierto tiempo, de algún modo me he marchitado. El camino a seguir entonces es recuperar los fragmentos que he perdido para volver al “yo anterior”, hay que descifrar los códigos, pero es aquí donde el error queda claro: en realidad no existe ningún camino de vuelta porque no hay lugar al cual volver, no hay un yo pasado irremediablemente perdido, pues los códigos sólo representan el sitio de fragmentación porque son incomprensibles. Quitar el obstáculo que impide la solución arruinaría la solución misma. Como alguien alguna vez dijo atinadamente: colgarse de las palabras es como colgarse de una argolla colgada del vacío.
¿Qué me queda entonces? No sólo no comprendo lo que yo mismo escribí, sino que cualquier intento por descifrarlo sabotearía las coordenadas del problema (la aparente solución no sería suficiente y perdería una cualidad fundamental de mi propia alienación). Propongo esto: que el sitio del conflicto no sea el tiempo sino el lenguaje, y con un giro reflexivo. Una idea más o menos popular desde el segundo Wittgenstein es que la dimensión propia del lenguaje no es subjetiva ni objetiva, sino intersubjetiva, pues no depende de ningún sujeto único ni se reduce a la mera descripción del mundo. El lenguaje entonces siempre es para alguien (¿quién escribe una carta, un libro, un blog? ¿Quién arroja mensajes en botellas al mar?), aún cuando no sea obvio. Hasta el lenguaje que parece no decir nada por lo menos dice que está diciendo lo que dice, como, por ejemplo, los textos crípticos de mis libretas. Y ahí está el giro del problema, en la dimensión reflexiva del lenguaje: no hay nada que descifrar, los jeroglíficos no aparentan ser algo que no son para ocultar la verdad, sino que aparentan para ocultar que son (lo que aparentan). Así puedo entender la sensación de alienación que me provocan esos textos. El “espacio intersubjetivo” de esos jeroglíficos se encuentra entre yo y yo mismo, señalan un corte constitutivo de la subjetividad, hacen que yo no pueda identificarme plenamente, como si estuviera desfasado conmigo mismo.
Esta idea revela algo inesperado. Entre yo y los textos crípticos, la verdad (mi verdad) se encuentra del lado de los textos. Los símbolos representan aquella parte mía que es más “yo” que yo mismo. Ya que no hay nada que descifrar, o lo que es lo mismo, que detrás de los textos no se encuentra el perdido “yo anterior” sino que no hay nada, ellos mismos representan una máscara profunda y sin sentido, el puro enigma de la máscara que no esconde una cara (y es aquí donde, según el psicoanálisis, el sujeto es fundamentalmente femenino). Contra la noción, muy popular ahora, de que el proceso para hallar la verdad subjetiva es la introspección, desde la meditación hasta la autonarración, estos textos revelan que esa verdad, en lugar de ser un núcleo duro, es uno vacío, y no una mera ausencia, sino una brecha en el tejido mismo de la subjetividad. Es decir: la introspección es una trampa, sólo una intervención exterior puede revelarnos nuestra verdad, o lo que es más angustiante, nuestra verdad no nos pertenece. Dejar que el lenguaje “hable”, sin intención de intervenir, no es suficiente. Las máscaras que produce son siempre falsas, son teatros miserables que se desmoronan si son sometidos a la presión correcta. Como Elfriede Jelinek dijo, el lenguaje debe ser torturado para que diga la verdad. Debe ser torcido, desnaturalizado, extendido, condensado, cortado y arreglado, forzado a atacarse a sí mismo. Sólo así se consigue: en lugar de para mostrar tu verdad, quítate la máscara, tenemos para mostrar tu verdad, ponte la máscara (correcta). La forma más elemental de tortura al lenguaje es la poesía, que quiebra su libre flujo y lo somete a reglas de ritmo y rima.
Finalmente, el hecho de que nuestra propia verdad no nos pertenezca explica el inicio del amor: encontrar la propia verdad en otra persona, me amas porque sabes algo de mí que yo mismo desconozco… y esta es la razón por la que los amantes inventan su lenguaje secreto (Sabines escribió en un poema que hasta pedir la hora es una forma de decir “te quiero”), aunque lo más significativo entre ellos es el silencio (de nuevo Sabines: el amor es el silencio más fino…). En estos momentos de silencio los amantes dicen exactamente lo que está escrito en mis textos crípticos, hablan el lenguaje que no dice nada. La situación, sin embargo, no es solamente negativa. Al inicio de la ópera L'Orfeo, de Monteverdi, un extraño personaje se presenta al público: io la Musica son, es la Música misma que canta. Un ser inanimado de pronto adquiere autonomía y, sobre el escenario, habla directamente con el público. Algo similar pasa en mis textos crípticos, en el silencio de los amantes, en los cuentos y en otros pocos lugares: en medio de las sombras del teatro, nadie en particular dice la verdad. Es la Verdad misma quien habla.
Alguna vez oí decir que el amor es lo mas cruel y perverso de este mundo. ¿Es entonces la verdad lo más cruel y perverso que podemos encontrar?
querido de:
1) desde hace ya mucho tiempo las palabras vagan en un espacio propio y se resisten en su propia opacidad; “la escritura y las cosas ya no se asemejan”, decía foucalt: el lenguaje es un murmullo constante, lejano y sin origen; de ahí la maravilla y el fracaso de escribir, la escritura funda un espacio, se presenta como un intento de detener y plasmar al lenguaje, señalar contornos y delinear perfiles; es hacer un tiempo sin tiempo, un tiempo perdido que nunca puede realizarse; desfase de la vida, la escritura cosifica, destinada a jugar la ficción en “la red de lo ya escrito”.
2) los detallados estudios que realizó lévi–strauss sobre los mitos, lo llevaron a plantear que no eran los hombres los creadores de sus mitos, sino que los mitos se comunican entre ellos a través de los hombres: es una sinfonía en la que el hombre no es sino un inconsciente instrumento, un poema inmenso que habla del espíritu del hombre. los símbolos simbolizan, pero no simbolizan nada. el espíritu, esa gran sinfonía que cantan los hombres en todos los tiempos es una modalidad que ha adquirido la naturaleza para hablar consigo misma.
3) detrás de la poesía, dice blanchot, hay una fuerza primera, una energía concentrada en sí misma; en la breve explosión del instante, el poder de la imagen y de la afirmación pulveriza al poema y aún le deja su lentitud, su cadencia, su continuidad y el entendimiento de lo ininterrumpido….por eso, decir que la poesía es la revelación de una revelación es decir una idiotez, y sin embargo, no hallo otras palabras que lo digan. un día, al espíritu sensible se le muestra aquello que acontece incesante y feroz; el devenir o la creación, el misterio se muestra y el espíritu poetizante lo recoge y lo plasma, utilizando las palabras, esas fuerzas que se deslizan cargando detrás caballos que llevan un carro cargado de preseas, como decía matthias claudius; la poesía es una epifanía porque muestra y esconde las revelaciones que le son posibles a los hombres. va aquí un fragmento de un gran poema de balam rodrigo:
“Pájaros de humo cortan un cielo de lámina. El sol de vidrio nos relumbra con agujas oxidadas. El día que muere es un tordo herido en el largo bostezo de un gato de limo. Los cuervos graznan sobre gastadas nubes de asfalto.”
4) un fuerte abrazo.
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ps. el escrito es muy bueno. me encanta y, aunque estamos de acuerdo en eso del "nadie" que está detrás de él, el placer que me provoca me hace pensar en ti. vaya entonces otro abrazo así de sabroso.
ps dos. ah, y bueno el video: sí me transmite ese incesante misterio. abrazo y beso
Me gusta la idea de saber que la verdad no nos pertenece a nosotros mismos. Habíamos platicado alguna vez sobre cómo es que los problemas en realidad son sólo problemas de perspectiva, y creo que lo representas bien al mencionar que la verdad no se trata de encontrar el rostro debajo la máscara, sino de buscar el engranaje, la faccia correcta que adorne al cuerpo.
Octavio Paz alguna vez escribió en un poema llamado "Los Novios":
"Tendidos bajo tierra
una muchacha y un muchacho.
No dicen nada, no se besan,
cambian silencio por silencio."
Aunque para ellos, la verdad terminó por escindirlos.
¡Está vivo!
Ese es uno de los problemas al que nos enfrentamos a diario los prehistoriadores (y los historiadores en general). Del pasado remoto nos quedan "tus cuadernos", el mensaje de los objetos en sí percibido con los ojos del presente. Pero desconocemos (porque los hemos olvidado) sus significados, los códigos. ¿Cómo reconstruir la humanidad que los produjo y volverles a dar "su" sentido? Aciertas al concluir que su sentido (su verdad) no nos pertenece. Aun así, hurgamos y hurgamos en la tierra intentando encontrar los nexos que creemos nos unen al pasado para ver si de ese modo conseguimos explicarnos a nosotros mismos, un instante antes de que las claves se diluyan en el magma del olvido.
Hey... qué onda!, estoy descubriendo tu blog... muy bueno.
Me agrada éste post, me recuerda a Vargas Llosas... yo creo que cuando alguien escribe termina creando una verdad disfrazada de mentira.
D., maldito arrogante, con este texto te llevas los aplausos de punta a cabo.
Si se me permitiese decir la conclusión de otra forma sólo atinaría a decir que esa presunta lejanía nos hace ser seres armónicos en cuanto podemos apreciar algo ignoto y decir que es bello.
Una belleza de texto. Pasé. Tarde, pero vine.
Saludos.
(sigues vivo, querido de??
te dejo un abrazo)