Algo de amor y memoria
viernes, diciembre 19
Hace unas semanas miraba por la ventana recostado sobre el sofá, recordando cosas. He pasado mis momentos más felices recordando días pasados o esperando días futuros, nunca en el instante en que me doy cuenta de que “esto jamás volverá a ocurrir”. Ese día, mientras miraba un gato que caminaba sobre el filo de una barda, me di cuenta precisamente de eso. Imaginé que algún día, en algún lugar, pensaría en la tarde en que miraba un gato por la ventana, imaginando que algún día recordaría ese mismo instante. Entonces experimenté esa tarde como un recuerdo. Ni los sucesos más accidentales, como el gato caminando sobre la barda, ni aquellos más inmediatos a mi experiencia se libraron de un extrañamiento conmigo mismo. Sentí que, sin moverme de ese sofá, había llegado a un lugar desde el que podía ver esa tarde completa: las horas pasando como sucesos que habían de ser recordados en un día que ha de llegar. Un día sin sofás junto a ventanas bañadas por la luz de las cinco de la tarde, los últimos minutos de calor que ningún gato disfrutaría en su paseo por la barda. ¿Entonces mis horas (me pregunté esa tarde) sólo ocurren mientras puedan ser recordadas en otras horas? ¿No vivo horas que nadie recordará? ¿Y qué hay de las horas en las que recuerdo?
Sal, sol, solito,
y estate aquí un poquito;
por hoy y mañana
y por toda la semana.
Aquí vienen las monjas,
cargadas de toronjas;
no pueden pasar
por el río de la mar.
Pasa uno, pasan dos,
pasa la Madre de Dios,
con su caballito blanco,
que relumbra todo el campo.
(Vieja canción española)
 
Entre las personas que buscan amor, las que lo sueñan, las que lo rechazan y las que le son indiferentes, hay unas cuantas, rarísimas, que son las más peligrosas de todas. Después de un par de fiascos, relaciones secretas, nimiedades, se dan cuenta de que nadie sabe amar. O mejor, aprenden la naturaleza perversa del amor: que el amor es su propio exceso. Saben los gestos, las miradas, y lo más difícil, la forma de guardar silencio. Conocen los detalles, las pequeñeces (¿cuántas cosas no funcionan así?) necesarias para comenzar el enamoramiento. Las vicisitudes de la seducción. A veces, en una de esas miradas profundas, la verdad se les escapa y queda visible para quien sepa verla: en sus ojos hay un agujero terrible, un vacío que atrapa ojos ajenos, un despeñadero de suicidas. Aun así, es posible que nunca prueben del amor ni los riesgos ni las delicias.
Arrojóme las manzanillas
por encima del verde olivar,
arrojómelas y arrojéselas
y volviómelas a arrojar.
(Vieja canción ibérica)
Cuadrado negro, de Kazimir Malévich
¿como le haces para sonar mínimo diez años mayor?
saludos, y ya te extrañaba
Leo el comentario de Dèbora como un acorde de tensión; dispuesto -demasiado dispuesto- a resolverse de una manera tan armónica, a raíz de lo expuesto en tu entrada, D.
Ahora, respecto a la entrada en sí, debo decir que me ha acongojado por unos momentos, lo que se explica fácilmente por la identificación - la cual es además muy reciente y aún calurosa - con lo expuesto. Tú declaras una espada poderosa; la disposición a las horas y la vivencia de las horas penden de cuánta confianza nos tenemos. ¿Cuánto seré capaz de recordar? ¿cuánto deseo albergar?
Debe ser algo como la adrenalina o como la eudaimonía: una plenitud que no es plenitud sino hasta que se ha transformado.
Saludos.
Un respiro que no necesitaba pero que igual me cae bien, digno para el pre new year
¿No es maravilloso sentir que uno tiene historia y la revive y hasta la rehace? Estás entre dos espejos paralelos. Y la salida está a un paso.
¡Feliz año, D.!
Hola! te extrañé ¡oh si!